La marca y el eco del maestro Eco

Por Alicia Vidal

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El libro de Eco que más me marcó, tal como está en mi biblioteca

En estos días veraniegos aproveché a ordenar parte de mis libros. Y de pronto me topé con mi querido “Cómo se hace una tésis” de Umberto Eco. Me dije: «qué suerte que todavía lo tengo, lo voy a poner bien a mano». De algún modo, reafirmé ese lugar emocionalmente fuerte que siempre le di, más allá de la ubicación física que terminara teniendo en el reparto de estantes de mi reordenada biblioteca. Una vez más reavivé la sensación de que esa obra de Eco, sin mayores supuestas aspiraciones que ser un libro de orientación académica para estudiantes, estaba entre mis libros preferidos y hasta me aventuré a pensar que si me dijeran cuál es tal vez lo nombraría como en mi «top of mind» (una expresión muy típica de las investigaciones de mercado que refiere a la marca que se nos viene primero a la cabeza). Seguramente esa situación que viví hace muy pocos días atrás, quedaría simplemente como una vivencia personal, ya que ni siquiera fue objeto de comentario con nadie. Pero, hoy, cuando apenas pasaron unas horas de la partida física de Umberto Eco, esa escena cotidiana y hogareña, toma otro sentido y me motivó a escribir estas líneas, en honor al Maestro.

«Cómo se hace una Tésis» fue un libro fundamental para la instancia de recibirme de Socióloga en la UBA. En ese entonces (por los ochenta) había que pasar el trámite de la tésis -subvaluada bajo el apodo de tesina- y cualquier pista de cómo atravesar esa «prueba» resultaba muy apreciada. Lo tomé como un libro instrumental y práctico pero con el tiempo me di cuenta que me dejó una huella imborrable que se derramó positivamente en muchas áreas de mi vida. Ese título me acompañó en cualquier otro proyecto que supusiera tener que escribir sobre algo.  Creo que de ahí tomé la práctica de comenzar todo pensando en el título para luego desgranarlo en contenidos. Ese ordenamiento que pregonaba Eco me resultó totalmente acorde a mi manera de encarar un proyecto. Desde una nota, hasta un libro, siempre lo empiezo por un título. No importa si después lo cambio (es más, lo más probable es que lo haga), pero es lo que me marca hacia donde voy. Es el destino al que quiero llegar cuando emprendo el viaje de escribir.

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El relato de su experiencia en la biblioteca de Alessandria fue un antes y un después en mi carrera y en mi vida. Al lado de esa sección del libro una sección de la nota destacada que sale hoy en La Nación

Pero lo que sin dudas me marcó más de este libro, que no tenía más pretensiones que ser un auxilio momentáneo para pasar el trance de terminar mi carrera universitaria, es la descripción que hace Eco sobre cómo se puede investigar algo aún en una situación totalmente desfavorable. El propio Umberto Eco se propone encarar personalmente la cuestión y lo detalla en el apartado “La Biblioteca de Alessandria: un experimento”. Allí describe paso a paso cómo se podía llevar adelante una tésis situándose en el pueblito de Monferrato y teniendo como única fuente disponible los libros de la biblioteca de Alessandria, distante unos veintitrés kilómetros. Pero no solo eso, también se imaginó que el sujeto que debía hacer la tésis era un estudiante que además trabajaba y que por otra parte no disponía ni de mucho tiempo ni de mucho dinero como para emprender esta tarea. Y para colmo ni siquiera tenía claro sobre qué quería o podía investigar.

Esta descripción que hace Eco de las peripecias que uno debe sortear a la hora de escribir sobre algo relatando como él mismo decide instalarse en el pueblito de Monferrato (¡y yo le creí y le creo que así lo hizo!) para dar recomendaciones desde un lugar muy vivencial (lejano a su rol de máxima autoridad académica) me marcó de una manera absoluta. Recuerdo hasta andar en colectivo, mientras iba y venía de la facultad, leyendo ese relato de Eco de cómo se podía sacarle el jugo a las fichas bibliográficas de una perdida biblioteca y aún siento cómo me contagió el entusiasmo. Tomé sus palabras como un legado invaluable que me acompañaron en todos los procesos que viví desde entonces. Esa recomendación que solo tenía pretensiones de cumplir con la currícula académica se transformó en una manera de ver las cosas. Lo tomé como un aporte a cada cosa que encaro donde uno puede sentir que está en las peores de las condiciones para hacerlo, pero sin embargo siempre hay algo para hacer (siempre hay un tema y un libro para fichar, diríamos con la metáfora de la tésis). Sentí mucha empatía por Eco cuando me lo imaginé situándose en un pueblito perdido para escribir un libro tratando de emular las condiciones precarias que podía tener un ignoto estudiante. Que él, el señor de la alta excelencia académica, se pusiese en la situación de su más desprotegido hipotético alumno, me enterneció y me provocó admiración de por vida. Yo le creí, y me lo imaginé así, deambulando por la biblioteca atrás de fichas bibliográficas que le reportaran un tema para escribir. Era como imaginar a un Pavarotti, amo y señor de La escala de Milán, participando de un concurso de voces de pueblo.

Y también rescato de esta enseñanza que siento que hay muchas maneras de ser Maestro. Yo digo que Eco fue mi maestro porque me transmitió algo que me dejó marcada, porque produjo un eco que aún sigue resonando y se expandió mucho más allá de cumplir con la presentación de una tésis.

Además incorporé esto en un tiempo donde lo más sofisticado que podíamos tener a mano era una máquina de escribir eléctrica. Eso era todo. El resto eran papel, lápiz, libros, fotocopias, fichas… Cuando leí el libro ni siquiera teníamos disponibilidad de computadoras. ¡Internet, web o smartphones solo podían ser ciencia ficción!. Me alegro de haberlo leído entonces cuando las limitaciones que él describe realmente existían. Ahora, ese escenario que él se plantea, de un joven aislado y sin recursos en un pueblo perdido, como limitante para acceder a la información casi que no tiene sentido. El acceso a la información es algo que se democratizó y globalizó de una manera colosal y ya no se trata de acceder a los datos sino más bien de no perderse en la maraña de datos.

Me acuerdo que esto de poder acceder a todo con un solo click o pantallazo solo podía ser un sueño que uno ni siquiera se lo permitía soñar para no frustrarse. ¿Cómo será esto de adoptar de un modo tan fuerte las cosas nuevas que resulta difícil imaginarse sin ellas?

Y cuánta gente habrá estos días sintiendo que Umberto Eco fue su maestro. Seguramente él conoció a muchos que lo consideraron como tal pero seguramente son muchos más lo que forman el séquito de gente, como yo, que lo tienen por maestro y él nunca se enteró. Los saberes y los aprendizajes parecen trascendernos y de pronto algunas personas nos iluminan y nos despiertan sin que ellos mismos lo sepan o se enteren.

Además, paradójicamente, recién hoy me di cuenta que en el propio nombre de Umberto Eco hay una resonancia especial. Qué mejor apellido que Eco para alguien que nos hace mucho “eco”, para alguien que resuena con nuestra vida. Y recién hoy, cuando me enteré que ya no está más físicamente en este mundo, tomé nota de ese plus de significado. La resonancia de su nombre en mí y cómo me “hace eco”. Una vez más vuelvo a descubrir que la mayor parte de las cosas están allí desde siempre solo que un día algo nos induce a verlas realmente, a sentirlas desde un lugar significativo.

Dicen también que Eco era fanático de las listas. Y me encantó escuchar la explicación que se da a esa afición que se transformó en libro bajo el título “El vértigo de las listas

Hablando sobre listas Eco responde en una entrevista realizada por Spiegel y reproducida en este link .

“Es algo que la gente siempre hará. Siempre hemos estado fascinados por el espacio infinito, por estrellas interminables y galaxias  dentro de otras galaxias. ¿Cómo se siente una persona al mirar al cielo? Piensa que carece del lenguaje necesario para describir lo que ve. Sin embargo, la gente nunca ha dejado de describir el cielo, la simple enumeración de lo que ve. Los amantes se encuentran en la misma posición. Experimentan una deficiencia del lenguaje, la falta de palabras para expresar sus sentimientos. Pero, ¿los amantes dejan de intentarlo? Crean listas: tus ojos son tan hermosos, y también lo es tu boca, y tu clavícula … Podríamos entrar en mil detalles.

SPIEGEL: ¿Por qué perder tanto tiempo tratando de completar cosas que no puede ser completadas de manera realista?

Eco: Tenemos un límite, uno muy desalentador y humillante: la muerte. Por eso nos gustan todas las cosas que se supone que no tienen límites y, por tanto, sin fin. Es una manera de escapar de los pensamientos sobre la muerte. Nos gustan las listas porque no queremos morir.”

Nunca se me hubiera ocurrido: ¡nos gustan las listas porque no queremos morir! Claro, ahora que lo pienso ese orden que queremos imponer supone trascender el caos que parece infinito. Las listas son ordenadoras, nos hacen pensar que tenemos algo que podemos controlar. Y sí, por un ratito, algo podemos controlar…

The Guardian toma 10 citas de Eco y me quedo con dos: una sobre su afición por las listas, que ya la comenté y la otra es sobre el amor y forma parte de «El nombre de la Rosa», una de sus obras más taquilleras.

“What is love? There is nothing in the world, neither man nor Devil nor any thing, that I hold as suspect as love, for it penetrates the soul more than any other thing. Nothing exists that so fills and binds the heart as love does. Therefore, unless you have those weapons that subdue it, the soul plunges through love into an immense abyss. ― The Name of the Rose”

“¿Que es el amor? No hay nada en el mundo, ni hombre ni diablo ni ninguna otra cosa, que sea tan sospechosa para mí como el amor, ya que penetra en el alma más que cualquier otra cosa. No hay nada que llene y ate más al corazón que el amor. Por eso, a menos que tengamos armas para gobernar al amor, el alma se sumergirá en un inmenso abismo. “

Por suerte siempre tuve presente a Eco desde que lo conocí. No tuve que hacer esfuerzos en saber qué cosas de él me habían “marcado”, lo supe enseguida, es algo que lo tengo instalado en mi ser. Y es tan así que no solo lo tuve muy presente la semana pasada al ordenar la biblioteca sino que hace menos de seis meses atrás, cuando emprendí un viaje a Italia, intenté entrevistarlo. Quería que Eco formara parte de un proyecto ambicioso que pretende dar cuenta de la definición del amor. Bueno, creo que esto que estoy haciendo al escribir estas palabras por él no es más que una expresión de amor en alguna de sus tantas formas, que ni siquiera necesita que uno conozca al otro en términos físicos. La marca que el otro nos deja también puede ser un sello de amor, aún sin que el otro lo sepa. El amor es inmenso, infinito e insondable y no hay lista que lo pueda contener ni abarcar por completo, eso es algo que vengo aprendiendo, más bien diría, que voy sintiendo…

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